Caminamos un poco cuando comenzaron a caer pequeñas gotitas, desde su bolso sacó un paraguas negro y lo abrió para ambos. De lo que habíamos andando solo hablábamos de cosas tan superficiales como el clima, las noticias del día, pero nada de lo ocurrido durante toda la tarde en la cafetería, el contacto físico se había reducido hasta llegar a toparnos solamente con los hombros al andar. Sentía que deseaba no tocarme, e incluso en esos pequeños topecitos que teníamos al caminar sentía que deseaba alejarse.
-¿Cómo te llamas?- pregunté al fin
-¿realmente quieres saberlo?- dijo deteniéndose
-obviamente que quiero saber, nos acabamos de besar hace un rato, me siento extraña sin saberlo
-uhm…- suspiró mientras yo me quedaba a su lado, bajo el paraguas
-¿tu no quieres saber el mío?- pregunté mientras la garúa se convertía en lluvia
-no me interesa- dijo reanudando el paso rápidamente, alejándose
Me quedé aturdida, él mismo había reconocido aquel beso como algo no rutinario al decirme: “tranquila, no te haré daño, no después de aquel beso”, entonces, ¿Qué había sucedido?, Qué había dicho o hecho yo para que le molestase? ¿Qué le había hecho cambiar de opinión?. Permanecí bajo la lluvia unos instantes, me sentía extraña, había pasado la tarde hablando con un desconocido, habíamos discutido sobre los sueños y la fantasía, sobre el clima, sobre las noticias, habíamos comido galletas y… nos habíamos besado. Simplemente me sentía una estúpida.
Allí, en la calle, fuera de una tienda de mascotas, me empapaba, eran ya las once cuando a lo lejos veo que se acercan caminando tres sujetos por donde veníamos. No percibí peligro alguno, digamos que me olvidé del dinero, celular, pertenencias, del cuento, e incluso del hecho de ser mujer. Allí estaba empapándome, cuando reaccioné.
Caminé apresuradamente tratando de evadirlos, aún no habían hecho contacto sonoro conmigo pues venían hablando entre ellos, por lo visto algo alcoholizados. Me sentí desprotegida, aturdida mientras caminaba hacia alguna avenida por donde pasaran buses.
-¡oye!- gritó uno – quéate allí no ma` si igual te vamo` a alcanzar
Escuché risotadas, no oía nada más que el eco de estas rondando por los edificios del sector, todo el comercio había cerrado sus puertas y a lo más algún guardia o nochero podría escuchar mis gritos de auxilio, pero de seguro la solidaridad no se haría presente. Comencé a maldecir la hora en que me fijé en aquel desconocido, si no hubiera sido por él, de seguro ya estaría durmiendo, segura en mi cama.
-jajajajajaja- escuché las risas sobre mis hombros- “un, dos, tres por ti” – dijo uno de los que venía siguiéndome y que no estaba tan borracho, al parecer había corrido para alcanzarme y yo ni le había sentido acercarse.
“no te resistas” decía tratando de despojarme de mi pertenencias, los otros dos, ya habían llegado a donde yo estaba. El que me había alcanzado les entregaba mis pertenencias, mientras estos ya estaban que caían al suelo. Traté de zafarme de sus brazos, pero creo que hasta un niño hubiese sido capaz de retenerme por la poca fuerza que poseo, primero me quitó la chaqueta y luego comenzó a manosearme asquerosamente, gritaba, y gritaba pero nadie aparecía. Me tenía contra una pared, los ásperos ladrillos se inescrutaban en mi espalda, yo rasguñaba su cara, sus manos, pero más se reía, disfrutaba hacerme daño. Mientras lloraba y pedía auxilio casi sin esperanza, comenzó a tratar de bajarme el pantalón, forcejeaba morbosamente conmigo, no le importaba si alguien ya le veía a esas alturas pues me había logrado bajar lo suficiente el pantalón para poder abrir mis piernas. Antes que me despojase de mi ropa interior, veía como sacaba su miembro del pantalón, un asco tan profundo me dio con solo el hecho de imaginarlo dentro mío que sentí que las galletas y el chocolate se me devolvían hasta la traquea. El llanto era el único escape que físicamente tenía en ese momento, ya no podía seguir gritando, trataba solamente de evocar algún otro lugar, otro momento, algún recuerdo para que no fuese tan traumante lo que estaba a punto de vivir.
Tenía los ojos cerrados, rogando al cielo por un milagro, cuando en eso siento que las manos de mi captor se alejan de mí, los abrí inmediatamente. No oí ningún ruido, solo vi a los dos borrachos corriendo y sangrando por la calle, gritando. Todo parecía estar en cámara lenta, mi captor estaba en manos del hombre misterioso de la cafetería, éste le había golpeado al parecer tanto, que este rogaba que le soltase. Se había orinado y lloriqueaba, me miraba como pidiendo perdón o rogando clemencia, pero solo vi los ojos encolerizados de mi benefactor, ensangrentados de furia. De un momento a otro todo pareció volver a la normalidad, ya no vi a ninguno de los dos frente a mí, solo la lluvia y la calle vacía.
Me incorporé y vestí rápidamente, tiritaba de frío, miedo y angustia, no podía dejar de llorar y mientras recogía mis cosas, llegó él, con su abrigo negro, su cabello liso y una mirada muy diferente a la que tenía unos segundos atrás. Me abrazó por un instante, me abrazó fuertemente, no dijo ni una sola palabra, se sacó el abrigo y me cubrió con éste. Tomó mi bolso y me abrazó mientras me guiaba, caminando hacía alguna calle. No se porqué motivo en ese instante sentí algo totalmente diferente a lo que había sentido cuando habíamos salido de la cafetería, ahora no sentía su rechazo, sentía que trataba de decirme tantas cosas, que me pedía perdón, sentía que se lamentaba no haberse quedado conmigo, sentía el dolor en sus movimientos, en cada paso, sentía su protección, sentía que de algún modo quería comunicarse conmigo, era absurdo, un casi-total desconocido que me había salvado. En ese instante lo único que deseaba era darme una ducha y tratar de conciliar el sueño.
Cuando íbamos caminando, pasó un taxi al cual hizo detenerse. Ambos nos subimos en la parte trasera y en ningún momento dejó de abrazarme.
- ¿a dónde?- preguntó ásperamente el conductor que nos miraba de pié a cabeza
-uhm…-mustió mi acompañante, lo miré, no se si pidiendo que no se alejara o que respondiese por mi, pero creo que entendió ambas cosas y respondió, dando una dirección para mi desconocida hasta entonces.
Recorrimos las casi vacías calles de la ciudad, veía como la lluvia caía por los vidrios traseros y como las amarillentas lumbreras peatonales pasaban una tras otra a medida que avanzábamos. Antes, siempre la lluvia me había parecido melancólica, siempre me daba alegría cuando llovía, me encanaba pasearme por las calles, sentirla sobre mi piel, pero ahora, tenía la sensación de que si veía llover nuevamente, me recordaría el fatídico episodio, sentía que nada volvería a ser lo mismo.
Por mi mente deambulaban mil pensamientos, pensaba en lo sucedido en la cafetería, en lo sucedido con los borrachos y mientras hacía esto creo que algunas lágrimas se asomaban en mis ojos, pero allí más fuertemente me abrazaba mi héroe. Pensaba en mi trabajo, en como me sentiría nuevamente cuando un hombre me quisiera tocar íntimamente, pensaba en mi vida, en mi gato, en mis cuentos y su fantasía, pensaba en lo difícil que sería volver a creer en los sueños, volver a creer en las personas, pero, a pesar de ello estaba allí, con ese casi-total desconocido, me estaba dejando llevar por él, pues pese a lo ocurrido, creo que algo dentro de mi nunca ha funcionado bien, que es el “sentido común” como le llaman algunos, el detectar el peligro.
Después de cuarenta y cinco minutos de viaje, llegamos a las afueras de la ciudad, frente a un enorme portón, con un gran jardín detrás de éste, mi acompañante hizo una llamada desde su celular para que abriesen el portón eléctrico. El taxista un poco extrañado, atravesó los jardines sin dejar de hacer preguntas sobre cuál de los dos pasajeros vivíamos allí, o si éramos ambos, o si éramos millonarios, o… no dejó de hacer preguntas hasta llegar a una enrome casa (o mejor dicho mansión), donde un caballero de mediana edad nos esperaba con un paraguas. Nos bajamos del taxi y el caballero pagó la cuenta del taxímetro mientras nosotros entrábamos a la casa.
En ese momento no era mucho de lo que me podía percatar, estaba aturdida, estaba cansada y por sobre todo extraviada en algún lugar de mi mente. Había una lámpara de lágrimas de cristal sobre nosotros, un salón enorme al costado derecho y al izquierdo una gran puerta de madera de donde salió una señora, de unos sesenta años, la cual nos recibió con una amable sonrisa:
-llévela a darse un baño, trátela bien, no ha tenido una buena noche- le dijo mi acompañante a la señora
-si señor- respondió pacíficamente - ¿desea alguna otra cosa?
-déle ropa de cama limpia y todo lo que ella le pida, aunque no creo que hable mucho hoy. Insisto, trátela con cuidado-
-yo voy a darme un baño también, te iré a ver en cuanto termine- me dijo cálidamente- tranquila, ahora estás a salvo - me besó en la frente y se alejó mientras la señora me dirigía por unas enormes escaleras tapizadas en terciopelo rojo al segundo piso.
Por unos enormes pasillos, con grandes puertas de madera por los costados, cuadros de diferentes épocas, y amplias ventanas cubiertas por cortinas de finas telas, me sentí fuera de mi realidad conocida, me sentía como la niña de algún extraño cuento, conducida por la amable anciana que siempre ayuda a los niños. Entramos a un cuarto al final del pasillo, era grande y con una cama de dos plazas cerca de la gran ventana, las cortinas estaban abiertas y se notaba que tenía un balcón que daba hacía la parte posterior de la mansión. Dentro de este cuarto había otras dos puertas, una de éstas era un cuarto de baños al cual entramos las dos.
-por aquí- me dijo la señora delicadamente mientras me indicaba el interior, una vez que entramos me pidió mi ropa mojada y al verme un poco incómoda con el asunto me dijo:
-si le da pudor, puedo darme vuelta, pero de todas maneras debo estar con usted en todo momento por si se le ofrece algo- la miré extrañada, pero, después de todo lo que me había sucedido, desnudarme frente a una señora, no era nada.
Le pasé mis prendas y solo quedé en ropa interior, dejó mi bolso en un mueble del cuarto, mientras con un pequeño aparatito llamó a una muchacha más joven a la cual le pasó la ropa y le dio instrucciones de dejarla impecable. Había una tina llena con agua caliente, a una temperatura exacta para relajarse, me preguntó si deseaba espuma, a lo cual respondí con un gesto afirmativo.
Mientras esperaba semidesnuda miraba por una ventana media empañada, se veía por la luz de la luna que había un jardín preciso alrededor, con un bosque a lo lejos. Una vez que estuvo lista la tina, aún con la presencia de la amable señora, me quite las prendas que me quedaban y me sumergí lentamente en el agua.
- no tenga cuidado de derramar- dijo acercándose – usted solo relájese.
Comenzó a lavar primero mis piernas, luego mis brazos, mi torso y luego lavó mi cabello, siempre cantando una suave melodía, tarareando entre dientes algunas palabras como: sol, rosas, noche, dormir, descanso. Ya era la una de la madrugada, pero no me había percatado de la hora hasta que ella me lo dijo. Me comentaba que tenía una hija y nietos, que le gustaba cantar, le gustaba tejer y que se le daba muy bien cocinar cosas dulces, me contaba que trabajaba para “el señor” hace años y que nunca había tenido problemas con él, que al contrario siempre había sido muy benévolo con todos sus empleados y que para ella no era problema quedarse hasta esta hora, pues de seguro le daría el día libre.
-¿y ud. Cómo lo conoció?- preguntó –de seguro por allí, como a él le gusta tanto caminar por cualquier lado… si no se cómo aún no le ha pasado nada, no lo han asaltado o algo parecido, si es un joven muy bueno… - en eso, solté una pequeña risa, me daba la impresión que la señora estaba haciendo de Celestina conmigo y con mi benefactor- por lo menos una risita le saqué – dijo ofreciéndome una toalla mientras me ayudaba a salir de la tina.
En tanto me secaba, salió del cuarto para traerme un fino camisón. Una vez que estuve seca me lo puso con sumo cuidado, también me trajo zapatillas de descanso. Luego, me sentó frente a una mesilla blanca con un espejo en el cuarto, encendió las luces (que iluminaban tenuemente el dormitorio) y comenzó a peinarme suavemente el cabello, lo secó y luego trató de hacerme una trenza, aunque, por el corte de cabello fue poco lo que pudo hacer.
A los pocos minutos golpean la puerta y entra mi héroe, descalzo, vestía un pantalón de tela suelta, con una camisa blanca a medio abotonar, con el cabello aún húmedo, oliendo exquisitamente.
-puede retirarse señora Carmen- le dice acercándose a nosotras
-Ud. Sabe que puede contar conmigo para lo que se le ofrezca- dijo
-bueno, vaya a dormir, ya es tarde- dijo dándole un cariñoso beso en la mejilla- y no olvide tomarse el día libre- le dijo mientras se dirigía a la puerta
-gracias por todo- dije una vez que esta llegó a la puerta
- no de las gracias, mi niña, fue un placer- dijo sonriendo y cerrando la puerta tras de si.
Me puse de pié al ver que mi benefactor estaba junto a mi, no sabía qué hacer o qué decir, de pronto una sensación de angustia me invadió, sentí que volvería a vivir el mismo episodio que había sucedido con los borrachos y comencé a retroceder hasta topar con la ventana, respirando agitadamente y a punto de llorar.
-tranquila- dijo acercándose a mí- tranquila, acá estás a salvo, mira, ven- dijo estirando su mano- acá dormirás esta noche, si deseas cualquier cosa, hay un teléfono sobre la mesilla, solo debes levantarlo si deseas algo, yo estaré en la habitación contigua, así que no debes preocuparte de nada, tu solo trata de descansar- estábamos al lado de la cama cuando repentinamente me abraza
-perdóname por no haberme quedado junto a ti, no debí dejarte sola, lo lamento tanto, tanto, tanto, pero si no lo hacía… de todas maneras ibas a salir lastimada yo…- me abrazó con más fuerzas- a penas nos conocemos, a penas se de ti, a penas se tantas cosas, lo mismo que tú de mí, pero no importa, porque ahora estás a salvo y nada malo te pasará- en eso yo ya estaba llorando, aferrándome a él con las mismas fuerzas con que él me abrazaba, sentía su corazón palpitando, sentía extrañamente una frialdad en su pecho, pero eso ayudó para tranquilizarme.
Después de que nos soltamos, retiró hacia tras las cobijas de la cama para que me acostase, me saqué las zapatillas y me acomodé mientras él me tapaba suavemente. Se dirigió hasta la ventana, cerró las grandes cortinas y al parecer lo hizo sin en más mínimo esfuerzo, pese a lo pesadas que se veían, luego volvió a mi lado y me besó en la frente.
-buenas noches, que descanses- suspiró, caminó hasta la puerta y desde allí me dijo- me llamo Max, Maximiliano.
Continuará
lunes, 30 de noviembre de 2009
CAPÍTULO I: Dos soñadores y una cafetería
Y aquí estoy, comenzando una nueva etapa. Creí que sería como los “otros”, creí que me había abandonado sin más después de nuestro gran encuentro, creí que simplemente había sido una más en su vida, pero al parecer no fue así y aunque la historia solo desde hoy se comienza a escribir, quiero creer que será distinto, quiero creer que podré ser feliz a su lado.
Todos quieren encontrar a alguien con quien compartir su vida, sus recuerdos, sus anhelos, alguien en quien apoyarse en los momentos duros, nadie quiere estar solo y creo que yo no era la excepción, pues entre tanto andar y andar por las calles de esta ciudad, en mi andar “extraviado” (como me dijo una vez un amigo que me encontró al paso sin que yo le reconociese por estar con la mente simplemente en la luna a plena luz del día), un día quise encontrarle, quise abrazarle y decirle que era importante para mí, esperando yo serlo también para él, y sin querer queriendo le encontré.
Capítulo I: Dos soñadores y una cafetería.
En una cafetería, a media tarde triste, tornada a noche de un día viernes lluvioso, entró campante por la puerta. A los ojos de los demás parecía alguien normal, pero yo estaba segura que irradiaba algo más que serenidad. Dejó su abrigo en las manos de la camarera que le ofrecía algún rincón en el establecimiento medio vacío, mientras yo por dentro deseaba que se sentase cerca de mí para poder observarle o al menos sentir aquella presencia. Alto, de ojos grises, cabello liso, medianamente largo, oscuro y dócil, tez blanca, manos agudas y de ágil caminar, presencia serena pero varonil, casi imponente, realmente, me sentía atraída por él.
Para mi desdicha, se sentó en el rincón opuesto de la cafetería, casi sin poder verle me quedé lamentando, mirando mi café y las hojas en blanco que tenía sobre la mesa para poder escribir algún cuento y así entregarlo al día siguiente a tiempo en la editorial para la cual trabajaba.
De pronto, la lluvia se tornó en aguacero y los transeúntes desprovistos de amparo se refugiaron bajo la cafetería entrando estrepitosamente unos tras otros. Aprovechando la ocasión y el lugar, pedían mesas para beber algo caliente, a lo que la camarera de turno se vio tremendamente beneficiada y no podía perder a ningún cliente. Una vez que hubo ubicado a todos los recién llegados, comenzó a recibir una avalancha de pedidos. Corría de un lado a otro con una sonrisa de dos metros de diámetro en su rostro, mientras yo seguía sin poder escribir nada, ni ver al hombre interesante del otro lado de la cafetería.
Habían pasado quince minutos aproximadamente, no lo se exactamente pues estaba inmersa en la lluvia tras la ventana, en la gente corriendo y en la gente caminando tranquilamente, en las nubes grises, en el agua fluyendo por las aceras, en la melancolía que todo aquél conjunto de cosas me provocaba. Entraron dos personas más a la cafetería, era una pareja de jóvenes, se veían empapados pero, al parecer ni caso le hacían al hecho.
Se veían felices entrelazando sus manos:
-disculpe- dijo el joven suavemente dirigiéndose a la camarera que aún corría por el lugar – ¿tiene alguna mesa “para dos”?
-lo siento- respondió al paso la muchacha- está lleno.
No le había prestado mucha atención al asunto, hasta que vi al hombre alto de la esquina opuesta acercarse a la camarera. Por un instante pensé “¡se va a ir!, ¡no puede ser!... y yo sin poder observarle…” lamentándome el hecho de que pagaría la cuenta y se marcharía.
-señorita, ¿podría preguntarle a la dama que está allí, si quiere compartir mesa conmigo, para yo dejarle la mía a estos dos muchachos?- preguntó amablemente
-¡por supuesto!- dijo la camarera, pues significaría un aumento en sus propinas.
Un poco absorta, escuché la petición de la chica pues me parecía casi fantasioso.
-claro, no hay problema- asentí sin mostrar mucho entusiasmo, pues como dicen, “lo que fácil viene…”
Los jóvenes se acomodaron agradecidos en la otra esquina del establecimiento mientras el hombre apuesto se sentaba frente a mí, con una cordial sonrisa:
-¿qué tal?- inquirió dejando un grueso libro empastado sobre un costado de la mesa.
-buenas tardes- dije mirando mi celular, para verificar si estaba bien en el horario
-¿ya te tienes que ir?- dijo inquiriendo
-¡no!, no, solo quería saber si aún era tarde o noche
-por lo visto ya está oscureciendo- dijo mirando por la ventana – por eso me encanta el invierno, las noches son más largas.
-jajajajajaja- soltando una risa nerviosa- a mí me gusta más el verano, se aprovechan mejor los días
-veo que tenemos distintos gustos- dijo sonriendo sutilmente
-uhm…- mustié yo, mientras miraba mis hojas en blanco y volvía a mi realidad, debía entregar el cuento
-¿qué tienes allí?- revolviendo un poco las hojas con mucha confianza, sacando de inmediato la mano - perdón- dijo al percatarse de que me había incomodado un poco
-debo escribir un cuento para niños y entregarlo mañana a primera hora pero aún no se me ocurre nada para hacerlo- dije tomando mi cabeza entre las manos
-bueno, yo no sé mucho de cuentos de niños- dijo empujando su gran libro hacia mi
-¿puedo?- pregunté
-claro- dijo nuevamente sonriendo, a lo que abrí el gran libro.
El título era: “en lugar de los sueños”. Por lo que leí del prologo era un libro basado en extraños postulados de que la fantasía solo era un entorpecimiento para verdaderamente lograr cosas grandes y concretas. Había muchas páginas subrayadas, otras rotas e incluso le faltaban algunas, se notaba que antes de empastarlo, el libro había sido muy utilizado, tenía algunas notas entre párrafos, todas con diferentes letras y distintos tipos de tinta. Mientras lo hojeaba, notaba como me miraba atentamente, miraba como escrutaba cada página, cada detalle, entre tanto, en medio del libro encontré un marcador, al parecer era un trozo de corteza de algún árbol que por el reverso tenía quemadas las iniciales “M A V L” de forma diagonal. Al llegar a la última página vi el año de edición y era nada menos 1901, a principios del siglo pasado, pero eso no era todo, si no que también el nombre del autor coincidía con las iniciales grabadas en el rustico marcador: Maximiliano Antonio Valdore Leninguer.
- Vaya, es un extraño libro, pero creo que no puedo estar de acuerdo con sus ideas. Aunque, no es mucho tampoco lo que puedo criticar, ya que no lo he leído- dije cerrando el libro, deslizándolo hacia su propietario
-demoraste poco en “verlo”- dijo irónicamente soltando una risa, mientras acomodaba uno de los mechones de su cabello tras una oreja. Allí pude ver que tenía dos perforaciones, muy delicadas en su oreja derecha
-si, pero creo que valió la pena, al menos pude en ello inspirarme para crear mi cuento- dije mirando mi taza de café vacía.
-¿ah, si?- dijo mientras se inclinaba hacia delante con los brazos cruzados sobre la mesa -¿y de qué tratará el cuento?- dijo con una mirada coqueta
-tratará de un mundo donde los niños viven sin esperanzas ni sueños- dije tratando de no sonrojarme por aquella mirada
-¿pero acaso no es así de crudo el mundo en que vivimos?¿no es acaso eso la realidad misma?- dijo manteniendo la misma postura y la misma mirada
-si, es verdad…-respondí titubeante – pero allí es donde entra lo maravilloso también de nuestra realidad: tenemos derecho a soñar. ¡Somos personas! Podemos estar viviendo terribles cosas, pero aún así podemos mantener esperanzas, ilusiones y sueños
-¿sigues hablando del cuento o ahora estás hablando de tu vida?- preguntó mientras se apoyaba en el respaldo del asiento, intentando comenzar un debate
-creo que de ambas- afirmé sólidamente - podríamos pedir un poco mas café- dije mirando ambas tazas- pero ahora tomaré un chocolate caliente
- buena idea- dijo sonriendo, creo que esperando luego continuar con el intercambio de opiniones
Llamó a la camarera hasta nuestra mesa, miré a nuestro alrededor, ya no quedaban tantas personas, el local se había desocupado considerablemente. Pidió una taza de café cargado para él y una taza de chocolate para mí (como le había indicado), añadiendo a eso un suculento festín de galletas mixtas para acompañar nuestra conversación.
Entre tanto esperábamos que la muchacha llegara con el pedido, comencé a anotar algunas ideas para luego redactar mi cuento. Imaginaba a los pobres niños sin esperanzas, con rostros grises y demacrados, viviendo día tras día sabiendo que nada bueno les esperaba al convertirse en adultos, sabiendo que nunca tendrían sueños ni esperanzas. Habitaban en la ciudad llamada “Za-te-tris”. Un día, entre su caminar a la escuela, uno de ellos encontró un mapa. El título de este mapa decía: “el tesoro perdido”. El niño que lo encontró, inmediatamente se lo mostró a sus amiguitos. Curiosos y ansiosos por descubrir aquel tesoro se dirigieron rumbo al primer lugar que el mapa indicaba, ¡qué coincidencia! ¡Solo estaba a dos calles de ellos!. Corrieron rápidamente para no llegar atrasados a sus clases, entonces se encontraron frente a la gran farmacia del viejo señor Agustín, según el mapa, debían ir luego al “final abierto”. Entre ellos se preguntaban dónde estaría este extraño lugar y a uno de ellos se le ocurrió preguntarle al viejo boticario. Éste en su gran lentitud, les indicó que estaba cerca del muelle, era una casa en ruinas, que, antiguamente era una prestigiosa juguetería.
-pero, si vamos hasta allá nos alejaremos mucho de la escuela
-no importa, aún podemos luego llegar a tiempo, ¡vamos!- dijo otro niño
Llegaron hasta la juguetería y para entonces se dieron cuenta que ya era tarde para llegar a la primera campana. Algunos de ellos, abandonaron inmediatamente la búsqueda, pues tenían miedo de que sus padres les castigaran por llegar tarde a la escuela. Otros simplemente, volvieron a casa. Solo tres niños quedaron junto al mapa, buscando ahora el nuevo punto para encontrar el tesoro. Ahora debían ir al frontis de la catedral, luego a la demolida biblioteca y de allí cien pasos al oeste, luego trescientos al suroeste. Se encontraron en medio de la nada, solo era parte de las afueras de la ciudad, tierra, pasto y árboles rodeaban la nada que los cubría. Uno de ellos, desilusionado por no encontrar el tesoro, se disponía a regresar rumbo a la ciudad, pero entonces, otro se dio cuenta que la tierra donde estaban parados había sido removida, cavaron solo un poco y encontraron un pequeño cofre, ¡qué felicidad les inundó cuando encontraron el dichoso tesoro perdido!. Entre los tres abrieron el cofre donde encontraron muchos caramelos y una carta. Esta decía con letras temblorosas:
“Han encontrado el gran tesoro perdido de esta ciudad: la esperanza, pues, si no la hubiesen tenido, jamás habrían llegado hasta mi farmacia, ni a la antigua tienda de juguetes, donde los niños realizaban sus sueños al montar algún juguete en exhibición, o a la catedral, donde la gente reza con fe y se alberga la esperanza de los más pobres por una limosna de los feligreses, ni tampoco a la demolida biblioteca donde habían maravillosos libros que nos enseñaban acerca de ésta. La esperanza niños, es lo último que deben perder, pues deben soñar y con esperanza, luchar por alcanzar sus sueños”
FIN
*************
-creo que has terminado tu cuento- dijo mi acompañante mientras se echaba una galleta a la boca
-si, me apasioné escribiendo- dije sonrojada
-como te había preguntado hace un rato, sobre lo que creías acerca de soñar y tu cuento, ¿no crees que acaso sea un estorbo?- pregunto nuevamente inclinado hacia mí, con los brazos sobre la mesa
-no, creo que es un estorbo cuando dejamos de luchar por alcanzar esos sueños, cuando simplemente se vuelven ilusiones, o anhelos sin estar realizando algo por cumplirlos
-eres bastante soñadora por lo que veo- dijo sonriendo coquetamente, mientras el mechón de pelo que había acomodado tras su oreja hace un rato se deslizaba nuevamente hacia su rostro.
¡Qué sutileza de su parte otorgarme aquella escena! Parecía un príncipe, si no fuera por el debate que trataba de amar.
-soy soñadora, prefiero serlo, tú al parecer eres un pesimista sin remedio- dije devolviendo las miradas coquetas de él, con una mía
-digamos que hace años sí, lo era, pero ahora soy un soñador empedernido-dijo apoyándose con los brazos abiertos sobre el respaldo del asiento y mirando al techo. El borde de la camisa dejaba al descubierto su cuello lo que francamente era una dichosa imagen, pero mientras observaba embelesada, sin importarme que se diese cuenta, la camarera se acercó hasta nosotros:
-disculpen, pero ya son las diez y debemos cerrar el local- dijo entregándole la boleta a mi acompañante, disponiéndose éste a pagar el total de ambos
-hey - llamé a la chica- dame una boleta aparte a mi por lo mío y las galletas.
-no es necesario, respondió él- yo invito dijo sonriendo sarcásticamente, creo que sabía que a mi me molestaría
-no, insisto, yo pagaré lo mío y tú lo tuyo- dije tratando de quitarle la boleta de las manos, mientras la camarera se retiraba para recoger otras mesas
-en un momento vuelvo- dijo con voz cansada, mientras nosotros seguíamos forcejeando con el papel
-insisto – dijo él mientras nos acercábamos cada vez más, riñendo por la cuenta, sin darme cuenta, entre el forcejeo me dio un beso.
Quedé atónita con lo sucedido, creo que gran parte de mí lo presentía, pero ¡ni si quiera sabía su nombre!.
Me miró muy de cerca, examinando cada uno de mis gestos, cada uno de mis rasgos. No se alejó y nuevamente me besó, pero ahora suavemente, con ternura y delicadeza.
Nos quedamos luego por un instante contemplándonos, no me salían palabras, estaba confundida, cuando en eso llega a nuestro lado nuevamente la camarera, pero ahora con cara de pocos amigos a retirar la cuenta. Al encontrarme yo en ese estado, obviamente dejé que él cancelase todo.
Eran las diez con treinta cuando salimos del local, yo en completo silencio y él agradeciendo por el servicio a la camarera (la cual había quedado muy complacida con la vasta propina). Cuando salimos le quedé mirando, ahora, ¿A dónde se dirigiría él?
-vamos- me dijo alegremente, mientras ponía su mano suavemente sobre mi hombro- te dejaré en tu casa
-pero…-mustié por fin. Traté de pronunciar más palabras, era un torrente de preguntas, de cuestionamientos que se agolpaban por salir, pero todas se quedaban allí, dentro de mi boca, como aglomeraciones de letras y sonidos, incapaces de ser pronunciados por la abrupta situación.
-tranquila, no te haré daño, no después de aquel beso.
CONTINUARÁ
Todos quieren encontrar a alguien con quien compartir su vida, sus recuerdos, sus anhelos, alguien en quien apoyarse en los momentos duros, nadie quiere estar solo y creo que yo no era la excepción, pues entre tanto andar y andar por las calles de esta ciudad, en mi andar “extraviado” (como me dijo una vez un amigo que me encontró al paso sin que yo le reconociese por estar con la mente simplemente en la luna a plena luz del día), un día quise encontrarle, quise abrazarle y decirle que era importante para mí, esperando yo serlo también para él, y sin querer queriendo le encontré.
Capítulo I: Dos soñadores y una cafetería.
En una cafetería, a media tarde triste, tornada a noche de un día viernes lluvioso, entró campante por la puerta. A los ojos de los demás parecía alguien normal, pero yo estaba segura que irradiaba algo más que serenidad. Dejó su abrigo en las manos de la camarera que le ofrecía algún rincón en el establecimiento medio vacío, mientras yo por dentro deseaba que se sentase cerca de mí para poder observarle o al menos sentir aquella presencia. Alto, de ojos grises, cabello liso, medianamente largo, oscuro y dócil, tez blanca, manos agudas y de ágil caminar, presencia serena pero varonil, casi imponente, realmente, me sentía atraída por él.
Para mi desdicha, se sentó en el rincón opuesto de la cafetería, casi sin poder verle me quedé lamentando, mirando mi café y las hojas en blanco que tenía sobre la mesa para poder escribir algún cuento y así entregarlo al día siguiente a tiempo en la editorial para la cual trabajaba.
De pronto, la lluvia se tornó en aguacero y los transeúntes desprovistos de amparo se refugiaron bajo la cafetería entrando estrepitosamente unos tras otros. Aprovechando la ocasión y el lugar, pedían mesas para beber algo caliente, a lo que la camarera de turno se vio tremendamente beneficiada y no podía perder a ningún cliente. Una vez que hubo ubicado a todos los recién llegados, comenzó a recibir una avalancha de pedidos. Corría de un lado a otro con una sonrisa de dos metros de diámetro en su rostro, mientras yo seguía sin poder escribir nada, ni ver al hombre interesante del otro lado de la cafetería.
Habían pasado quince minutos aproximadamente, no lo se exactamente pues estaba inmersa en la lluvia tras la ventana, en la gente corriendo y en la gente caminando tranquilamente, en las nubes grises, en el agua fluyendo por las aceras, en la melancolía que todo aquél conjunto de cosas me provocaba. Entraron dos personas más a la cafetería, era una pareja de jóvenes, se veían empapados pero, al parecer ni caso le hacían al hecho.
Se veían felices entrelazando sus manos:
-disculpe- dijo el joven suavemente dirigiéndose a la camarera que aún corría por el lugar – ¿tiene alguna mesa “para dos”?
-lo siento- respondió al paso la muchacha- está lleno.
No le había prestado mucha atención al asunto, hasta que vi al hombre alto de la esquina opuesta acercarse a la camarera. Por un instante pensé “¡se va a ir!, ¡no puede ser!... y yo sin poder observarle…” lamentándome el hecho de que pagaría la cuenta y se marcharía.
-señorita, ¿podría preguntarle a la dama que está allí, si quiere compartir mesa conmigo, para yo dejarle la mía a estos dos muchachos?- preguntó amablemente
-¡por supuesto!- dijo la camarera, pues significaría un aumento en sus propinas.
Un poco absorta, escuché la petición de la chica pues me parecía casi fantasioso.
-claro, no hay problema- asentí sin mostrar mucho entusiasmo, pues como dicen, “lo que fácil viene…”
Los jóvenes se acomodaron agradecidos en la otra esquina del establecimiento mientras el hombre apuesto se sentaba frente a mí, con una cordial sonrisa:
-¿qué tal?- inquirió dejando un grueso libro empastado sobre un costado de la mesa.
-buenas tardes- dije mirando mi celular, para verificar si estaba bien en el horario
-¿ya te tienes que ir?- dijo inquiriendo
-¡no!, no, solo quería saber si aún era tarde o noche
-por lo visto ya está oscureciendo- dijo mirando por la ventana – por eso me encanta el invierno, las noches son más largas.
-jajajajajaja- soltando una risa nerviosa- a mí me gusta más el verano, se aprovechan mejor los días
-veo que tenemos distintos gustos- dijo sonriendo sutilmente
-uhm…- mustié yo, mientras miraba mis hojas en blanco y volvía a mi realidad, debía entregar el cuento
-¿qué tienes allí?- revolviendo un poco las hojas con mucha confianza, sacando de inmediato la mano - perdón- dijo al percatarse de que me había incomodado un poco
-debo escribir un cuento para niños y entregarlo mañana a primera hora pero aún no se me ocurre nada para hacerlo- dije tomando mi cabeza entre las manos
-bueno, yo no sé mucho de cuentos de niños- dijo empujando su gran libro hacia mi
-¿puedo?- pregunté
-claro- dijo nuevamente sonriendo, a lo que abrí el gran libro.
El título era: “en lugar de los sueños”. Por lo que leí del prologo era un libro basado en extraños postulados de que la fantasía solo era un entorpecimiento para verdaderamente lograr cosas grandes y concretas. Había muchas páginas subrayadas, otras rotas e incluso le faltaban algunas, se notaba que antes de empastarlo, el libro había sido muy utilizado, tenía algunas notas entre párrafos, todas con diferentes letras y distintos tipos de tinta. Mientras lo hojeaba, notaba como me miraba atentamente, miraba como escrutaba cada página, cada detalle, entre tanto, en medio del libro encontré un marcador, al parecer era un trozo de corteza de algún árbol que por el reverso tenía quemadas las iniciales “M A V L” de forma diagonal. Al llegar a la última página vi el año de edición y era nada menos 1901, a principios del siglo pasado, pero eso no era todo, si no que también el nombre del autor coincidía con las iniciales grabadas en el rustico marcador: Maximiliano Antonio Valdore Leninguer.
- Vaya, es un extraño libro, pero creo que no puedo estar de acuerdo con sus ideas. Aunque, no es mucho tampoco lo que puedo criticar, ya que no lo he leído- dije cerrando el libro, deslizándolo hacia su propietario
-demoraste poco en “verlo”- dijo irónicamente soltando una risa, mientras acomodaba uno de los mechones de su cabello tras una oreja. Allí pude ver que tenía dos perforaciones, muy delicadas en su oreja derecha
-si, pero creo que valió la pena, al menos pude en ello inspirarme para crear mi cuento- dije mirando mi taza de café vacía.
-¿ah, si?- dijo mientras se inclinaba hacia delante con los brazos cruzados sobre la mesa -¿y de qué tratará el cuento?- dijo con una mirada coqueta
-tratará de un mundo donde los niños viven sin esperanzas ni sueños- dije tratando de no sonrojarme por aquella mirada
-¿pero acaso no es así de crudo el mundo en que vivimos?¿no es acaso eso la realidad misma?- dijo manteniendo la misma postura y la misma mirada
-si, es verdad…-respondí titubeante – pero allí es donde entra lo maravilloso también de nuestra realidad: tenemos derecho a soñar. ¡Somos personas! Podemos estar viviendo terribles cosas, pero aún así podemos mantener esperanzas, ilusiones y sueños
-¿sigues hablando del cuento o ahora estás hablando de tu vida?- preguntó mientras se apoyaba en el respaldo del asiento, intentando comenzar un debate
-creo que de ambas- afirmé sólidamente - podríamos pedir un poco mas café- dije mirando ambas tazas- pero ahora tomaré un chocolate caliente
- buena idea- dijo sonriendo, creo que esperando luego continuar con el intercambio de opiniones
Llamó a la camarera hasta nuestra mesa, miré a nuestro alrededor, ya no quedaban tantas personas, el local se había desocupado considerablemente. Pidió una taza de café cargado para él y una taza de chocolate para mí (como le había indicado), añadiendo a eso un suculento festín de galletas mixtas para acompañar nuestra conversación.
Entre tanto esperábamos que la muchacha llegara con el pedido, comencé a anotar algunas ideas para luego redactar mi cuento. Imaginaba a los pobres niños sin esperanzas, con rostros grises y demacrados, viviendo día tras día sabiendo que nada bueno les esperaba al convertirse en adultos, sabiendo que nunca tendrían sueños ni esperanzas. Habitaban en la ciudad llamada “Za-te-tris”. Un día, entre su caminar a la escuela, uno de ellos encontró un mapa. El título de este mapa decía: “el tesoro perdido”. El niño que lo encontró, inmediatamente se lo mostró a sus amiguitos. Curiosos y ansiosos por descubrir aquel tesoro se dirigieron rumbo al primer lugar que el mapa indicaba, ¡qué coincidencia! ¡Solo estaba a dos calles de ellos!. Corrieron rápidamente para no llegar atrasados a sus clases, entonces se encontraron frente a la gran farmacia del viejo señor Agustín, según el mapa, debían ir luego al “final abierto”. Entre ellos se preguntaban dónde estaría este extraño lugar y a uno de ellos se le ocurrió preguntarle al viejo boticario. Éste en su gran lentitud, les indicó que estaba cerca del muelle, era una casa en ruinas, que, antiguamente era una prestigiosa juguetería.
-pero, si vamos hasta allá nos alejaremos mucho de la escuela
-no importa, aún podemos luego llegar a tiempo, ¡vamos!- dijo otro niño
Llegaron hasta la juguetería y para entonces se dieron cuenta que ya era tarde para llegar a la primera campana. Algunos de ellos, abandonaron inmediatamente la búsqueda, pues tenían miedo de que sus padres les castigaran por llegar tarde a la escuela. Otros simplemente, volvieron a casa. Solo tres niños quedaron junto al mapa, buscando ahora el nuevo punto para encontrar el tesoro. Ahora debían ir al frontis de la catedral, luego a la demolida biblioteca y de allí cien pasos al oeste, luego trescientos al suroeste. Se encontraron en medio de la nada, solo era parte de las afueras de la ciudad, tierra, pasto y árboles rodeaban la nada que los cubría. Uno de ellos, desilusionado por no encontrar el tesoro, se disponía a regresar rumbo a la ciudad, pero entonces, otro se dio cuenta que la tierra donde estaban parados había sido removida, cavaron solo un poco y encontraron un pequeño cofre, ¡qué felicidad les inundó cuando encontraron el dichoso tesoro perdido!. Entre los tres abrieron el cofre donde encontraron muchos caramelos y una carta. Esta decía con letras temblorosas:
“Han encontrado el gran tesoro perdido de esta ciudad: la esperanza, pues, si no la hubiesen tenido, jamás habrían llegado hasta mi farmacia, ni a la antigua tienda de juguetes, donde los niños realizaban sus sueños al montar algún juguete en exhibición, o a la catedral, donde la gente reza con fe y se alberga la esperanza de los más pobres por una limosna de los feligreses, ni tampoco a la demolida biblioteca donde habían maravillosos libros que nos enseñaban acerca de ésta. La esperanza niños, es lo último que deben perder, pues deben soñar y con esperanza, luchar por alcanzar sus sueños”
FIN
*************
-creo que has terminado tu cuento- dijo mi acompañante mientras se echaba una galleta a la boca
-si, me apasioné escribiendo- dije sonrojada
-como te había preguntado hace un rato, sobre lo que creías acerca de soñar y tu cuento, ¿no crees que acaso sea un estorbo?- pregunto nuevamente inclinado hacia mí, con los brazos sobre la mesa
-no, creo que es un estorbo cuando dejamos de luchar por alcanzar esos sueños, cuando simplemente se vuelven ilusiones, o anhelos sin estar realizando algo por cumplirlos
-eres bastante soñadora por lo que veo- dijo sonriendo coquetamente, mientras el mechón de pelo que había acomodado tras su oreja hace un rato se deslizaba nuevamente hacia su rostro.
¡Qué sutileza de su parte otorgarme aquella escena! Parecía un príncipe, si no fuera por el debate que trataba de amar.
-soy soñadora, prefiero serlo, tú al parecer eres un pesimista sin remedio- dije devolviendo las miradas coquetas de él, con una mía
-digamos que hace años sí, lo era, pero ahora soy un soñador empedernido-dijo apoyándose con los brazos abiertos sobre el respaldo del asiento y mirando al techo. El borde de la camisa dejaba al descubierto su cuello lo que francamente era una dichosa imagen, pero mientras observaba embelesada, sin importarme que se diese cuenta, la camarera se acercó hasta nosotros:
-disculpen, pero ya son las diez y debemos cerrar el local- dijo entregándole la boleta a mi acompañante, disponiéndose éste a pagar el total de ambos
-hey - llamé a la chica- dame una boleta aparte a mi por lo mío y las galletas.
-no es necesario, respondió él- yo invito dijo sonriendo sarcásticamente, creo que sabía que a mi me molestaría
-no, insisto, yo pagaré lo mío y tú lo tuyo- dije tratando de quitarle la boleta de las manos, mientras la camarera se retiraba para recoger otras mesas
-en un momento vuelvo- dijo con voz cansada, mientras nosotros seguíamos forcejeando con el papel
-insisto – dijo él mientras nos acercábamos cada vez más, riñendo por la cuenta, sin darme cuenta, entre el forcejeo me dio un beso.
Quedé atónita con lo sucedido, creo que gran parte de mí lo presentía, pero ¡ni si quiera sabía su nombre!.
Me miró muy de cerca, examinando cada uno de mis gestos, cada uno de mis rasgos. No se alejó y nuevamente me besó, pero ahora suavemente, con ternura y delicadeza.
Nos quedamos luego por un instante contemplándonos, no me salían palabras, estaba confundida, cuando en eso llega a nuestro lado nuevamente la camarera, pero ahora con cara de pocos amigos a retirar la cuenta. Al encontrarme yo en ese estado, obviamente dejé que él cancelase todo.
Eran las diez con treinta cuando salimos del local, yo en completo silencio y él agradeciendo por el servicio a la camarera (la cual había quedado muy complacida con la vasta propina). Cuando salimos le quedé mirando, ahora, ¿A dónde se dirigiría él?
-vamos- me dijo alegremente, mientras ponía su mano suavemente sobre mi hombro- te dejaré en tu casa
-pero…-mustié por fin. Traté de pronunciar más palabras, era un torrente de preguntas, de cuestionamientos que se agolpaban por salir, pero todas se quedaban allí, dentro de mi boca, como aglomeraciones de letras y sonidos, incapaces de ser pronunciados por la abrupta situación.
-tranquila, no te haré daño, no después de aquel beso.
CONTINUARÁ
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