lunes, 30 de noviembre de 2009

CAPÍTULO II: Lluvia Agridulce.

Caminamos un poco cuando comenzaron a caer pequeñas gotitas, desde su bolso sacó un paraguas negro y lo abrió para ambos. De lo que habíamos andando solo hablábamos de cosas tan superficiales como el clima, las noticias del día, pero nada de lo ocurrido durante toda la tarde en la cafetería, el contacto físico se había reducido hasta llegar a toparnos solamente con los hombros al andar. Sentía que deseaba no tocarme, e incluso en esos pequeños topecitos que teníamos al caminar sentía que deseaba alejarse.

-¿Cómo te llamas?- pregunté al fin

-¿realmente quieres saberlo?- dijo deteniéndose

-obviamente que quiero saber, nos acabamos de besar hace un rato, me siento extraña sin saberlo

-uhm…- suspiró mientras yo me quedaba a su lado, bajo el paraguas

-¿tu no quieres saber el mío?- pregunté mientras la garúa se convertía en lluvia

-no me interesa- dijo reanudando el paso rápidamente, alejándose

Me quedé aturdida, él mismo había reconocido aquel beso como algo no rutinario al decirme: “tranquila, no te haré daño, no después de aquel beso”, entonces, ¿Qué había sucedido?, Qué había dicho o hecho yo para que le molestase? ¿Qué le había hecho cambiar de opinión?. Permanecí bajo la lluvia unos instantes, me sentía extraña, había pasado la tarde hablando con un desconocido, habíamos discutido sobre los sueños y la fantasía, sobre el clima, sobre las noticias, habíamos comido galletas y… nos habíamos besado. Simplemente me sentía una estúpida.

Allí, en la calle, fuera de una tienda de mascotas, me empapaba, eran ya las once cuando a lo lejos veo que se acercan caminando tres sujetos por donde veníamos. No percibí peligro alguno, digamos que me olvidé del dinero, celular, pertenencias, del cuento, e incluso del hecho de ser mujer. Allí estaba empapándome, cuando reaccioné.


Caminé apresuradamente tratando de evadirlos, aún no habían hecho contacto sonoro conmigo pues venían hablando entre ellos, por lo visto algo alcoholizados. Me sentí desprotegida, aturdida mientras caminaba hacia alguna avenida por donde pasaran buses.

-¡oye!- gritó uno – quéate allí no ma` si igual te vamo` a alcanzar

Escuché risotadas, no oía nada más que el eco de estas rondando por los edificios del sector, todo el comercio había cerrado sus puertas y a lo más algún guardia o nochero podría escuchar mis gritos de auxilio, pero de seguro la solidaridad no se haría presente. Comencé a maldecir la hora en que me fijé en aquel desconocido, si no hubiera sido por él, de seguro ya estaría durmiendo, segura en mi cama.

-jajajajajaja- escuché las risas sobre mis hombros- “un, dos, tres por ti” – dijo uno de los que venía siguiéndome y que no estaba tan borracho, al parecer había corrido para alcanzarme y yo ni le había sentido acercarse.

“no te resistas” decía tratando de despojarme de mi pertenencias, los otros dos, ya habían llegado a donde yo estaba. El que me había alcanzado les entregaba mis pertenencias, mientras estos ya estaban que caían al suelo. Traté de zafarme de sus brazos, pero creo que hasta un niño hubiese sido capaz de retenerme por la poca fuerza que poseo, primero me quitó la chaqueta y luego comenzó a manosearme asquerosamente, gritaba, y gritaba pero nadie aparecía. Me tenía contra una pared, los ásperos ladrillos se inescrutaban en mi espalda, yo rasguñaba su cara, sus manos, pero más se reía, disfrutaba hacerme daño. Mientras lloraba y pedía auxilio casi sin esperanza, comenzó a tratar de bajarme el pantalón, forcejeaba morbosamente conmigo, no le importaba si alguien ya le veía a esas alturas pues me había logrado bajar lo suficiente el pantalón para poder abrir mis piernas. Antes que me despojase de mi ropa interior, veía como sacaba su miembro del pantalón, un asco tan profundo me dio con solo el hecho de imaginarlo dentro mío que sentí que las galletas y el chocolate se me devolvían hasta la traquea. El llanto era el único escape que físicamente tenía en ese momento, ya no podía seguir gritando, trataba solamente de evocar algún otro lugar, otro momento, algún recuerdo para que no fuese tan traumante lo que estaba a punto de vivir.

Tenía los ojos cerrados, rogando al cielo por un milagro, cuando en eso siento que las manos de mi captor se alejan de mí, los abrí inmediatamente. No oí ningún ruido, solo vi a los dos borrachos corriendo y sangrando por la calle, gritando. Todo parecía estar en cámara lenta, mi captor estaba en manos del hombre misterioso de la cafetería, éste le había golpeado al parecer tanto, que este rogaba que le soltase. Se había orinado y lloriqueaba, me miraba como pidiendo perdón o rogando clemencia, pero solo vi los ojos encolerizados de mi benefactor, ensangrentados de furia. De un momento a otro todo pareció volver a la normalidad, ya no vi a ninguno de los dos frente a mí, solo la lluvia y la calle vacía.

Me incorporé y vestí rápidamente, tiritaba de frío, miedo y angustia, no podía dejar de llorar y mientras recogía mis cosas, llegó él, con su abrigo negro, su cabello liso y una mirada muy diferente a la que tenía unos segundos atrás. Me abrazó por un instante, me abrazó fuertemente, no dijo ni una sola palabra, se sacó el abrigo y me cubrió con éste. Tomó mi bolso y me abrazó mientras me guiaba, caminando hacía alguna calle. No se porqué motivo en ese instante sentí algo totalmente diferente a lo que había sentido cuando habíamos salido de la cafetería, ahora no sentía su rechazo, sentía que trataba de decirme tantas cosas, que me pedía perdón, sentía que se lamentaba no haberse quedado conmigo, sentía el dolor en sus movimientos, en cada paso, sentía su protección, sentía que de algún modo quería comunicarse conmigo, era absurdo, un casi-total desconocido que me había salvado. En ese instante lo único que deseaba era darme una ducha y tratar de conciliar el sueño.

Cuando íbamos caminando, pasó un taxi al cual hizo detenerse. Ambos nos subimos en la parte trasera y en ningún momento dejó de abrazarme.

- ¿a dónde?- preguntó ásperamente el conductor que nos miraba de pié a cabeza

-uhm…-mustió mi acompañante, lo miré, no se si pidiendo que no se alejara o que respondiese por mi, pero creo que entendió ambas cosas y respondió, dando una dirección para mi desconocida hasta entonces.

Recorrimos las casi vacías calles de la ciudad, veía como la lluvia caía por los vidrios traseros y como las amarillentas lumbreras peatonales pasaban una tras otra a medida que avanzábamos. Antes, siempre la lluvia me había parecido melancólica, siempre me daba alegría cuando llovía, me encanaba pasearme por las calles, sentirla sobre mi piel, pero ahora, tenía la sensación de que si veía llover nuevamente, me recordaría el fatídico episodio, sentía que nada volvería a ser lo mismo.

Por mi mente deambulaban mil pensamientos, pensaba en lo sucedido en la cafetería, en lo sucedido con los borrachos y mientras hacía esto creo que algunas lágrimas se asomaban en mis ojos, pero allí más fuertemente me abrazaba mi héroe. Pensaba en mi trabajo, en como me sentiría nuevamente cuando un hombre me quisiera tocar íntimamente, pensaba en mi vida, en mi gato, en mis cuentos y su fantasía, pensaba en lo difícil que sería volver a creer en los sueños, volver a creer en las personas, pero, a pesar de ello estaba allí, con ese casi-total desconocido, me estaba dejando llevar por él, pues pese a lo ocurrido, creo que algo dentro de mi nunca ha funcionado bien, que es el “sentido común” como le llaman algunos, el detectar el peligro.

Después de cuarenta y cinco minutos de viaje, llegamos a las afueras de la ciudad, frente a un enorme portón, con un gran jardín detrás de éste, mi acompañante hizo una llamada desde su celular para que abriesen el portón eléctrico. El taxista un poco extrañado, atravesó los jardines sin dejar de hacer preguntas sobre cuál de los dos pasajeros vivíamos allí, o si éramos ambos, o si éramos millonarios, o… no dejó de hacer preguntas hasta llegar a una enrome casa (o mejor dicho mansión), donde un caballero de mediana edad nos esperaba con un paraguas. Nos bajamos del taxi y el caballero pagó la cuenta del taxímetro mientras nosotros entrábamos a la casa.

En ese momento no era mucho de lo que me podía percatar, estaba aturdida, estaba cansada y por sobre todo extraviada en algún lugar de mi mente. Había una lámpara de lágrimas de cristal sobre nosotros, un salón enorme al costado derecho y al izquierdo una gran puerta de madera de donde salió una señora, de unos sesenta años, la cual nos recibió con una amable sonrisa:

-llévela a darse un baño, trátela bien, no ha tenido una buena noche- le dijo mi acompañante a la señora

-si señor- respondió pacíficamente - ¿desea alguna otra cosa?

-déle ropa de cama limpia y todo lo que ella le pida, aunque no creo que hable mucho hoy. Insisto, trátela con cuidado-

-yo voy a darme un baño también, te iré a ver en cuanto termine- me dijo cálidamente- tranquila, ahora estás a salvo - me besó en la frente y se alejó mientras la señora me dirigía por unas enormes escaleras tapizadas en terciopelo rojo al segundo piso.

Por unos enormes pasillos, con grandes puertas de madera por los costados, cuadros de diferentes épocas, y amplias ventanas cubiertas por cortinas de finas telas, me sentí fuera de mi realidad conocida, me sentía como la niña de algún extraño cuento, conducida por la amable anciana que siempre ayuda a los niños. Entramos a un cuarto al final del pasillo, era grande y con una cama de dos plazas cerca de la gran ventana, las cortinas estaban abiertas y se notaba que tenía un balcón que daba hacía la parte posterior de la mansión. Dentro de este cuarto había otras dos puertas, una de éstas era un cuarto de baños al cual entramos las dos.

-por aquí- me dijo la señora delicadamente mientras me indicaba el interior, una vez que entramos me pidió mi ropa mojada y al verme un poco incómoda con el asunto me dijo:

-si le da pudor, puedo darme vuelta, pero de todas maneras debo estar con usted en todo momento por si se le ofrece algo- la miré extrañada, pero, después de todo lo que me había sucedido, desnudarme frente a una señora, no era nada.

Le pasé mis prendas y solo quedé en ropa interior, dejó mi bolso en un mueble del cuarto, mientras con un pequeño aparatito llamó a una muchacha más joven a la cual le pasó la ropa y le dio instrucciones de dejarla impecable. Había una tina llena con agua caliente, a una temperatura exacta para relajarse, me preguntó si deseaba espuma, a lo cual respondí con un gesto afirmativo.

Mientras esperaba semidesnuda miraba por una ventana media empañada, se veía por la luz de la luna que había un jardín preciso alrededor, con un bosque a lo lejos. Una vez que estuvo lista la tina, aún con la presencia de la amable señora, me quite las prendas que me quedaban y me sumergí lentamente en el agua.

- no tenga cuidado de derramar- dijo acercándose – usted solo relájese.

Comenzó a lavar primero mis piernas, luego mis brazos, mi torso y luego lavó mi cabello, siempre cantando una suave melodía, tarareando entre dientes algunas palabras como: sol, rosas, noche, dormir, descanso. Ya era la una de la madrugada, pero no me había percatado de la hora hasta que ella me lo dijo. Me comentaba que tenía una hija y nietos, que le gustaba cantar, le gustaba tejer y que se le daba muy bien cocinar cosas dulces, me contaba que trabajaba para “el señor” hace años y que nunca había tenido problemas con él, que al contrario siempre había sido muy benévolo con todos sus empleados y que para ella no era problema quedarse hasta esta hora, pues de seguro le daría el día libre.

-¿y ud. Cómo lo conoció?- preguntó –de seguro por allí, como a él le gusta tanto caminar por cualquier lado… si no se cómo aún no le ha pasado nada, no lo han asaltado o algo parecido, si es un joven muy bueno… - en eso, solté una pequeña risa, me daba la impresión que la señora estaba haciendo de Celestina conmigo y con mi benefactor- por lo menos una risita le saqué – dijo ofreciéndome una toalla mientras me ayudaba a salir de la tina.


En tanto me secaba, salió del cuarto para traerme un fino camisón. Una vez que estuve seca me lo puso con sumo cuidado, también me trajo zapatillas de descanso. Luego, me sentó frente a una mesilla blanca con un espejo en el cuarto, encendió las luces (que iluminaban tenuemente el dormitorio) y comenzó a peinarme suavemente el cabello, lo secó y luego trató de hacerme una trenza, aunque, por el corte de cabello fue poco lo que pudo hacer.

A los pocos minutos golpean la puerta y entra mi héroe, descalzo, vestía un pantalón de tela suelta, con una camisa blanca a medio abotonar, con el cabello aún húmedo, oliendo exquisitamente.

-puede retirarse señora Carmen- le dice acercándose a nosotras

-Ud. Sabe que puede contar conmigo para lo que se le ofrezca- dijo

-bueno, vaya a dormir, ya es tarde- dijo dándole un cariñoso beso en la mejilla- y no olvide tomarse el día libre- le dijo mientras se dirigía a la puerta

-gracias por todo- dije una vez que esta llegó a la puerta

- no de las gracias, mi niña, fue un placer- dijo sonriendo y cerrando la puerta tras de si.

Me puse de pié al ver que mi benefactor estaba junto a mi, no sabía qué hacer o qué decir, de pronto una sensación de angustia me invadió, sentí que volvería a vivir el mismo episodio que había sucedido con los borrachos y comencé a retroceder hasta topar con la ventana, respirando agitadamente y a punto de llorar.

-tranquila- dijo acercándose a mí- tranquila, acá estás a salvo, mira, ven- dijo estirando su mano- acá dormirás esta noche, si deseas cualquier cosa, hay un teléfono sobre la mesilla, solo debes levantarlo si deseas algo, yo estaré en la habitación contigua, así que no debes preocuparte de nada, tu solo trata de descansar- estábamos al lado de la cama cuando repentinamente me abraza

-perdóname por no haberme quedado junto a ti, no debí dejarte sola, lo lamento tanto, tanto, tanto, pero si no lo hacía… de todas maneras ibas a salir lastimada yo…- me abrazó con más fuerzas- a penas nos conocemos, a penas se de ti, a penas se tantas cosas, lo mismo que tú de mí, pero no importa, porque ahora estás a salvo y nada malo te pasará- en eso yo ya estaba llorando, aferrándome a él con las mismas fuerzas con que él me abrazaba, sentía su corazón palpitando, sentía extrañamente una frialdad en su pecho, pero eso ayudó para tranquilizarme.

Después de que nos soltamos, retiró hacia tras las cobijas de la cama para que me acostase, me saqué las zapatillas y me acomodé mientras él me tapaba suavemente. Se dirigió hasta la ventana, cerró las grandes cortinas y al parecer lo hizo sin en más mínimo esfuerzo, pese a lo pesadas que se veían, luego volvió a mi lado y me besó en la frente.

-buenas noches, que descanses- suspiró, caminó hasta la puerta y desde allí me dijo- me llamo Max, Maximiliano.

Continuará

No hay comentarios: