lunes, 30 de noviembre de 2009

CAPÍTULO I: Dos soñadores y una cafetería

Y aquí estoy, comenzando una nueva etapa. Creí que sería como los “otros”, creí que me había abandonado sin más después de nuestro gran encuentro, creí que simplemente había sido una más en su vida, pero al parecer no fue así y aunque la historia solo desde hoy se comienza a escribir, quiero creer que será distinto, quiero creer que podré ser feliz a su lado.

Todos quieren encontrar a alguien con quien compartir su vida, sus recuerdos, sus anhelos, alguien en quien apoyarse en los momentos duros, nadie quiere estar solo y creo que yo no era la excepción, pues entre tanto andar y andar por las calles de esta ciudad, en mi andar “extraviado” (como me dijo una vez un amigo que me encontró al paso sin que yo le reconociese por estar con la mente simplemente en la luna a plena luz del día), un día quise encontrarle, quise abrazarle y decirle que era importante para mí, esperando yo serlo también para él, y sin querer queriendo le encontré.

Capítulo I: Dos soñadores y una cafetería.

En una cafetería, a media tarde triste, tornada a noche de un día viernes lluvioso, entró campante por la puerta. A los ojos de los demás parecía alguien normal, pero yo estaba segura que irradiaba algo más que serenidad. Dejó su abrigo en las manos de la camarera que le ofrecía algún rincón en el establecimiento medio vacío, mientras yo por dentro deseaba que se sentase cerca de mí para poder observarle o al menos sentir aquella presencia. Alto, de ojos grises, cabello liso, medianamente largo, oscuro y dócil, tez blanca, manos agudas y de ágil caminar, presencia serena pero varonil, casi imponente, realmente, me sentía atraída por él.

Para mi desdicha, se sentó en el rincón opuesto de la cafetería, casi sin poder verle me quedé lamentando, mirando mi café y las hojas en blanco que tenía sobre la mesa para poder escribir algún cuento y así entregarlo al día siguiente a tiempo en la editorial para la cual trabajaba.

De pronto, la lluvia se tornó en aguacero y los transeúntes desprovistos de amparo se refugiaron bajo la cafetería entrando estrepitosamente unos tras otros. Aprovechando la ocasión y el lugar, pedían mesas para beber algo caliente, a lo que la camarera de turno se vio tremendamente beneficiada y no podía perder a ningún cliente. Una vez que hubo ubicado a todos los recién llegados, comenzó a recibir una avalancha de pedidos. Corría de un lado a otro con una sonrisa de dos metros de diámetro en su rostro, mientras yo seguía sin poder escribir nada, ni ver al hombre interesante del otro lado de la cafetería.

Habían pasado quince minutos aproximadamente, no lo se exactamente pues estaba inmersa en la lluvia tras la ventana, en la gente corriendo y en la gente caminando tranquilamente, en las nubes grises, en el agua fluyendo por las aceras, en la melancolía que todo aquél conjunto de cosas me provocaba. Entraron dos personas más a la cafetería, era una pareja de jóvenes, se veían empapados pero, al parecer ni caso le hacían al hecho.
Se veían felices entrelazando sus manos:

-disculpe- dijo el joven suavemente dirigiéndose a la camarera que aún corría por el lugar – ¿tiene alguna mesa “para dos”?

-lo siento- respondió al paso la muchacha- está lleno.

No le había prestado mucha atención al asunto, hasta que vi al hombre alto de la esquina opuesta acercarse a la camarera. Por un instante pensé “¡se va a ir!, ¡no puede ser!... y yo sin poder observarle…” lamentándome el hecho de que pagaría la cuenta y se marcharía.

-señorita, ¿podría preguntarle a la dama que está allí, si quiere compartir mesa conmigo, para yo dejarle la mía a estos dos muchachos?- preguntó amablemente

-¡por supuesto!- dijo la camarera, pues significaría un aumento en sus propinas.

Un poco absorta, escuché la petición de la chica pues me parecía casi fantasioso.

-claro, no hay problema- asentí sin mostrar mucho entusiasmo, pues como dicen, “lo que fácil viene…”

Los jóvenes se acomodaron agradecidos en la otra esquina del establecimiento mientras el hombre apuesto se sentaba frente a mí, con una cordial sonrisa:

-¿qué tal?- inquirió dejando un grueso libro empastado sobre un costado de la mesa.

-buenas tardes- dije mirando mi celular, para verificar si estaba bien en el horario

-¿ya te tienes que ir?- dijo inquiriendo

-¡no!, no, solo quería saber si aún era tarde o noche

-por lo visto ya está oscureciendo- dijo mirando por la ventana – por eso me encanta el invierno, las noches son más largas.

-jajajajajaja- soltando una risa nerviosa- a mí me gusta más el verano, se aprovechan mejor los días

-veo que tenemos distintos gustos- dijo sonriendo sutilmente

-uhm…- mustié yo, mientras miraba mis hojas en blanco y volvía a mi realidad, debía entregar el cuento

-¿qué tienes allí?- revolviendo un poco las hojas con mucha confianza, sacando de inmediato la mano - perdón- dijo al percatarse de que me había incomodado un poco

-debo escribir un cuento para niños y entregarlo mañana a primera hora pero aún no se me ocurre nada para hacerlo- dije tomando mi cabeza entre las manos

-bueno, yo no sé mucho de cuentos de niños- dijo empujando su gran libro hacia mi

-¿puedo?- pregunté

-claro- dijo nuevamente sonriendo, a lo que abrí el gran libro.

El título era: “en lugar de los sueños”. Por lo que leí del prologo era un libro basado en extraños postulados de que la fantasía solo era un entorpecimiento para verdaderamente lograr cosas grandes y concretas. Había muchas páginas subrayadas, otras rotas e incluso le faltaban algunas, se notaba que antes de empastarlo, el libro había sido muy utilizado, tenía algunas notas entre párrafos, todas con diferentes letras y distintos tipos de tinta. Mientras lo hojeaba, notaba como me miraba atentamente, miraba como escrutaba cada página, cada detalle, entre tanto, en medio del libro encontré un marcador, al parecer era un trozo de corteza de algún árbol que por el reverso tenía quemadas las iniciales “M A V L” de forma diagonal. Al llegar a la última página vi el año de edición y era nada menos 1901, a principios del siglo pasado, pero eso no era todo, si no que también el nombre del autor coincidía con las iniciales grabadas en el rustico marcador: Maximiliano Antonio Valdore Leninguer.

- Vaya, es un extraño libro, pero creo que no puedo estar de acuerdo con sus ideas. Aunque, no es mucho tampoco lo que puedo criticar, ya que no lo he leído- dije cerrando el libro, deslizándolo hacia su propietario

-demoraste poco en “verlo”- dijo irónicamente soltando una risa, mientras acomodaba uno de los mechones de su cabello tras una oreja. Allí pude ver que tenía dos perforaciones, muy delicadas en su oreja derecha

-si, pero creo que valió la pena, al menos pude en ello inspirarme para crear mi cuento- dije mirando mi taza de café vacía.

-¿ah, si?- dijo mientras se inclinaba hacia delante con los brazos cruzados sobre la mesa -¿y de qué tratará el cuento?- dijo con una mirada coqueta

-tratará de un mundo donde los niños viven sin esperanzas ni sueños- dije tratando de no sonrojarme por aquella mirada

-¿pero acaso no es así de crudo el mundo en que vivimos?¿no es acaso eso la realidad misma?- dijo manteniendo la misma postura y la misma mirada

-si, es verdad…-respondí titubeante – pero allí es donde entra lo maravilloso también de nuestra realidad: tenemos derecho a soñar. ¡Somos personas! Podemos estar viviendo terribles cosas, pero aún así podemos mantener esperanzas, ilusiones y sueños

-¿sigues hablando del cuento o ahora estás hablando de tu vida?- preguntó mientras se apoyaba en el respaldo del asiento, intentando comenzar un debate

-creo que de ambas- afirmé sólidamente - podríamos pedir un poco mas café- dije mirando ambas tazas- pero ahora tomaré un chocolate caliente

- buena idea- dijo sonriendo, creo que esperando luego continuar con el intercambio de opiniones

Llamó a la camarera hasta nuestra mesa, miré a nuestro alrededor, ya no quedaban tantas personas, el local se había desocupado considerablemente. Pidió una taza de café cargado para él y una taza de chocolate para mí (como le había indicado), añadiendo a eso un suculento festín de galletas mixtas para acompañar nuestra conversación.

Entre tanto esperábamos que la muchacha llegara con el pedido, comencé a anotar algunas ideas para luego redactar mi cuento. Imaginaba a los pobres niños sin esperanzas, con rostros grises y demacrados, viviendo día tras día sabiendo que nada bueno les esperaba al convertirse en adultos, sabiendo que nunca tendrían sueños ni esperanzas. Habitaban en la ciudad llamada “Za-te-tris”. Un día, entre su caminar a la escuela, uno de ellos encontró un mapa. El título de este mapa decía: “el tesoro perdido”. El niño que lo encontró, inmediatamente se lo mostró a sus amiguitos. Curiosos y ansiosos por descubrir aquel tesoro se dirigieron rumbo al primer lugar que el mapa indicaba, ¡qué coincidencia! ¡Solo estaba a dos calles de ellos!. Corrieron rápidamente para no llegar atrasados a sus clases, entonces se encontraron frente a la gran farmacia del viejo señor Agustín, según el mapa, debían ir luego al “final abierto”. Entre ellos se preguntaban dónde estaría este extraño lugar y a uno de ellos se le ocurrió preguntarle al viejo boticario. Éste en su gran lentitud, les indicó que estaba cerca del muelle, era una casa en ruinas, que, antiguamente era una prestigiosa juguetería.

-pero, si vamos hasta allá nos alejaremos mucho de la escuela

-no importa, aún podemos luego llegar a tiempo, ¡vamos!- dijo otro niño

Llegaron hasta la juguetería y para entonces se dieron cuenta que ya era tarde para llegar a la primera campana. Algunos de ellos, abandonaron inmediatamente la búsqueda, pues tenían miedo de que sus padres les castigaran por llegar tarde a la escuela. Otros simplemente, volvieron a casa. Solo tres niños quedaron junto al mapa, buscando ahora el nuevo punto para encontrar el tesoro. Ahora debían ir al frontis de la catedral, luego a la demolida biblioteca y de allí cien pasos al oeste, luego trescientos al suroeste. Se encontraron en medio de la nada, solo era parte de las afueras de la ciudad, tierra, pasto y árboles rodeaban la nada que los cubría. Uno de ellos, desilusionado por no encontrar el tesoro, se disponía a regresar rumbo a la ciudad, pero entonces, otro se dio cuenta que la tierra donde estaban parados había sido removida, cavaron solo un poco y encontraron un pequeño cofre, ¡qué felicidad les inundó cuando encontraron el dichoso tesoro perdido!. Entre los tres abrieron el cofre donde encontraron muchos caramelos y una carta. Esta decía con letras temblorosas:

“Han encontrado el gran tesoro perdido de esta ciudad: la esperanza, pues, si no la hubiesen tenido, jamás habrían llegado hasta mi farmacia, ni a la antigua tienda de juguetes, donde los niños realizaban sus sueños al montar algún juguete en exhibición, o a la catedral, donde la gente reza con fe y se alberga la esperanza de los más pobres por una limosna de los feligreses, ni tampoco a la demolida biblioteca donde habían maravillosos libros que nos enseñaban acerca de ésta. La esperanza niños, es lo último que deben perder, pues deben soñar y con esperanza, luchar por alcanzar sus sueños”

FIN
*************

-creo que has terminado tu cuento- dijo mi acompañante mientras se echaba una galleta a la boca

-si, me apasioné escribiendo- dije sonrojada

-como te había preguntado hace un rato, sobre lo que creías acerca de soñar y tu cuento, ¿no crees que acaso sea un estorbo?- pregunto nuevamente inclinado hacia mí, con los brazos sobre la mesa

-no, creo que es un estorbo cuando dejamos de luchar por alcanzar esos sueños, cuando simplemente se vuelven ilusiones, o anhelos sin estar realizando algo por cumplirlos

-eres bastante soñadora por lo que veo- dijo sonriendo coquetamente, mientras el mechón de pelo que había acomodado tras su oreja hace un rato se deslizaba nuevamente hacia su rostro.

¡Qué sutileza de su parte otorgarme aquella escena! Parecía un príncipe, si no fuera por el debate que trataba de amar.

-soy soñadora, prefiero serlo, tú al parecer eres un pesimista sin remedio- dije devolviendo las miradas coquetas de él, con una mía

-digamos que hace años sí, lo era, pero ahora soy un soñador empedernido-dijo apoyándose con los brazos abiertos sobre el respaldo del asiento y mirando al techo. El borde de la camisa dejaba al descubierto su cuello lo que francamente era una dichosa imagen, pero mientras observaba embelesada, sin importarme que se diese cuenta, la camarera se acercó hasta nosotros:

-disculpen, pero ya son las diez y debemos cerrar el local- dijo entregándole la boleta a mi acompañante, disponiéndose éste a pagar el total de ambos

-hey - llamé a la chica- dame una boleta aparte a mi por lo mío y las galletas.

-no es necesario, respondió él- yo invito dijo sonriendo sarcásticamente, creo que sabía que a mi me molestaría

-no, insisto, yo pagaré lo mío y tú lo tuyo- dije tratando de quitarle la boleta de las manos, mientras la camarera se retiraba para recoger otras mesas

-en un momento vuelvo- dijo con voz cansada, mientras nosotros seguíamos forcejeando con el papel

-insisto – dijo él mientras nos acercábamos cada vez más, riñendo por la cuenta, sin darme cuenta, entre el forcejeo me dio un beso.

Quedé atónita con lo sucedido, creo que gran parte de mí lo presentía, pero ¡ni si quiera sabía su nombre!.

Me miró muy de cerca, examinando cada uno de mis gestos, cada uno de mis rasgos. No se alejó y nuevamente me besó, pero ahora suavemente, con ternura y delicadeza.

Nos quedamos luego por un instante contemplándonos, no me salían palabras, estaba confundida, cuando en eso llega a nuestro lado nuevamente la camarera, pero ahora con cara de pocos amigos a retirar la cuenta. Al encontrarme yo en ese estado, obviamente dejé que él cancelase todo.

Eran las diez con treinta cuando salimos del local, yo en completo silencio y él agradeciendo por el servicio a la camarera (la cual había quedado muy complacida con la vasta propina). Cuando salimos le quedé mirando, ahora, ¿A dónde se dirigiría él?

-vamos- me dijo alegremente, mientras ponía su mano suavemente sobre mi hombro- te dejaré en tu casa

-pero…-mustié por fin. Traté de pronunciar más palabras, era un torrente de preguntas, de cuestionamientos que se agolpaban por salir, pero todas se quedaban allí, dentro de mi boca, como aglomeraciones de letras y sonidos, incapaces de ser pronunciados por la abrupta situación.

-tranquila, no te haré daño, no después de aquel beso.

CONTINUARÁ

1 comentario:

vivian dijo...

,e encanta sub el otro capitulo